Magistrado Julián Alberto Villegas
Poco nos detenemos en esta carrera desaforada por cubrir los días que van pasando, y decir que estamos haciendo algo por la vida, a reflexionar sobre las motivaciones que nos mueven y las perspectivas que tenemos sobre el medio y sociedad en la que nos encontramos, y nos desarrollamos.
No nos digamos mentiras. ¿Qué buscamos todos en el presente orden de la existencia humana, entre los llamados pastores, los autoproclamados y reconocidos apóstoles, los confesos creyentes, los que se congregan bajo una casaca y los que no se congregan, con mayor razón los gobernantes, funcionarios, empresarios, agremiados, corporados, partidarios, artistas, intérpretes, o mercaderes, si no es poder, gloria, reconocimiento, y en muchos casos además riquezas, brillo y fama?
Lo patético de esto es que el escenario mayoritario en el que tales pretensiones se conciben y se desatan es en un mundo cuyos valores, normas, principios, reglas culturales y en gran parte leyes que agrupan esa axiológica nomoárquica, se han edificado en la doctrina cristiana entendida esta en todas sus manifestaciones tanto eclesiales como espirituales.
Aunque igual se nos ha inoculado, en lo recóndito de nuestros impulsos y miradas, por la inercia transmitida de los siglos (y por el Derecho Romano) los arquetipos quiritarios de la antigua civilización romano-germánica, poseyéndonos cual epígonos y sucedáneos de sus ambiciosos tipos de vida.
Empero ahí está el primer y gran conflicto demosantropoontológico (valga el neologismo), pues Cristo (que no fundó nada, pero que es y debe ser el único inspirador de la llamada doctrina cristiana), cual apotegma para los siglos y visión inexcusable para sus seguidores verdaderos, enseñó lo que irrefragablemente se lee en todos los evangelios sin excepción, comenzando por Mateo 20: 25-28, a saber: que el cristiano (esto es, el que de verdad quiera así llamarse) procura no la satisfacción de algunas o todas aquellas pretensiones en mención, sino que busca esencialmente ser bendición de los demás.
Es el desafío de cada cual, determinar y definir cómo enfrenta ese dilema, y en primer lugar cómo escapa a las poderosas estructuras que lo atrapan y le coartan la libertad auténtica para poder enfrentar, en solitario como corresponde a seres paridos individualmente y no en masa, ese dilema.
Por cierto, paradójicamente algunas de esas estructuras, la mayoría de las veces repelladas en sus muros con estucos de ética y enlucidas con pintura iridiscente de sabiduría y salvación, son precisamente agrupaciones religiosas multinominales que en sus estrategias de crecimiento preconizan para sí y para sus adeptos una singular teología y poderosamente atractiva que apologéticamemte alaba el exitismo, la prosperidad, la riqueza y la fama y el autoritarismo.
Quizás, una tenaz invocación de respuesta como imperativo categórico (a la manera Kantiana), se encuentre en lo que leemos en Mateo 19:16-21, respecto del jóven rico que ante el propio Cristo quiso enfrentarse al referido dilema, y éste conclusivamente le dijo: “si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”.
Como se ve, hay también en la respuesta cristiana, en parte una gran teleologia prosperil y fortunosa, aunque no principalmente para este mundo sino para ese concepto que el evangelio denomina mundo venidero.
El punto diferencial, además, está en la manera como se llega a ese fin fortunil, pues que mientras ese fin de la fortuna se consigue en la mirada cristiana mediante la oblación del ego, el desprendimiento de si mismo en procura del bienestar de los demás, sustituyendo al ego por el Espíritu de Cristo (a la manera Paulina percibida en Galatas 2:20 “[(…), y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; (…)]”, en la cultura germano-romanista que igual llevamos muy adentro, ese fin (y los homólogos anejos) se obtiene afianzando, refinando y educando el ego (froidianamente entendido), para librar la más vibrante batalla o carrera vital en el mundo a efecto de conseguirlo; sendero en el cual a la ambición se le llama empuje volitivo, a la hipocresía se le llama prudencia, a la envidia se la sublima en la competencia, a la ventaja se le mira como talento, a la intriga se la tiene como estrategia, a la mentira se la califica como enfoque, al acomodamiento como argumentación, a la malicia se la alaba como inteligencia, y a la filantropía se la eleva a la bondad.
No empecé, tal vez, cuando Cristo invitaba al jóven rico a darle el producto de la venta de sus muchos bienes a los pobres, estaba destacando a la par que aquella finalidad primaria de la bendición de los demás, otra muy adjunta como ser la perfección del individuo, en punto de su literal expresión, “sé perfecto y ven y sigueme”.
Los orientales lo han concebido como la refinada educación y disciplina del cuerpo y del alma, mediante multitud de prácticas, ejercicios y auto reflexiones que inveteradamente, o por centurias que se pierden en la noche milenaria de los tiempos, han construido entre mantras, meditaciones, autocontrol del “esqueleto”, respiración programada y profunda, rezos y voces trascendentes. Algo que en principio luego los griegos en parte quisieron rescatar en el dicho socrático “conócete a tí mismo”, y en el idealismo demiúrgico de Platón.
Es aquí cuando cobran con renovada fuerza y profundo significado las palabras del gran paladín cristiano ante los gentiles, Saulo de Tarso:
Aunque hablase lenguas angélicas y divinas, y aunque conociese todos los misterios y toda la ciencia de manera que trasladase los montes, y no tengo amor, de nada (me) sirve.
El amor es un don, una virtud, un talento y un empeño por el cual hay que trabajar (y pedir al cielo) todos los días.
Por el Magistrado Julián Alberto Villegas